Arcan-tarillas

Sunday, March 26, 2006

LA MUJER AZUL


Se escapó de un sueño. Andaba levitando por el bosque rodeada de la niebla y fría humedad. La mujer azul extendía sus dedos hacia delante para palpar la densidad de la niebla y la movía en espirales alrededor de sus manos. Su piel de escamas se tornasolaba en la luz de la luna llena, era el 16 de noviembre.Ella vagaba errante en la noche, consciente que andaba escapada con su naturaleza dual bruja y mujer, infierno y cielo, todo lo que habías deseado.Te encontró y tú la reconociste. Hacía frío. Le hiciste frente, como el que le hace frente a una pesadilla de la cual no se quiere escapar por temor a que se repita. Se te acercó, y con un dedo vertical cubrió sus labios azules reclamando tu silencio . Pudiste apreciar el delicado movimiento de sus dedos cubiertos de menudas escamas y te maravillaste en su color.Unos pocos centímetros sobre el suelo gravitó hacia tí. Reposó sus labios sobre los tuyos y su fría humedad se transformó en calor a tu contacto. Arremetió violentamente contra tí derribándote y su azul se transformó en carne y la volvió humana al calor de la pasión. Sobre tí, desnuda, te acariciaba vehemente. Te robaba el aliento con sus besos. Te acariciaba la cara con sus dedos, diferentes a los que habían revuelto la niebla. Te palpaba con su lengua, y te amaba, te amaba.Se separó de tí, abrupta, como quién vuelve en sí luego de locura temporal. El azul la recubrió de los pies hacia arriba, y las escamas. Te miraba fija de angustia antes que la rendija vertical de sierpe le recubriera los ojos de mujer con que te miraba. Media vuelta después se aleja flotando aleve hacia el bosque o quizás hacia el sueño de donde había escapado.

Sunday, March 19, 2006

A las dos de la madrugada con Pepe

No sabía que me había convertido en una surrealista, pero Pepe me lo hizo notar ayer como a las 2 de la madrugada. Me despertó el timbrar del teléfono y me levanté preguntándome quién carajos a esas horas llamando a casa. Caminé por el pasillo oscuro, a tientas porque me sé de memoria ese camino tan derecho y liso que siempre desemboca en la cocina que parece un altar a la comida y tiene ofrendas de ollas,vasos, cucharones. Un ruido dentro de mi casa me hizo detenerme en alerta, había sido lo suficientemente fuerte para espantarme. Me asomé con sigilo a la sala y seguí hacia la cocina, valientemente, a encender la luz y descubrir el origen del ruido que me espanta. Mis ojos se han adaptado a la oscuridad y la poca luz del poste de halógeno que se clarea por el tragaluz me permite discernir entre las sombras los objetos. Un ente invisible me detiene agarrandome por las muñecas para impedirme llegar al interruptor de la luz; es muy fuerte y me inmoviliza. Primero siento temor, lucho, el terror me paraliza las cuerdas vocales y no puedo gritar, me siento inválida. La razón me invade la mente inundada por el terror, dejo de luchar, no puedo ver el ente que me tiene atrapada. Muy quieta, siento que me vuelve el pulso y se relajan mis cuerdas vocales, me quedo muy tranquila, pero el ente no me suelta. Cuando dejo de luchar siento que mis pies se despegan del suelo muy poquito a poco, hasta que levito, mis pies se levantan y el ente me hala hacia adelante, lo único que percibo en ese momento es la presión de sus manos en mis muñecas y la ingrávidez de mi cuerpo. Poco a poco me hala hasta mi cuarto, me acuesta en mi cama, boca abajo, y un segundo después despierto, siento el teléfono sonar, me levanto a contestarlo, camino por el pasillo tan familiar a oscuras, trazando el camino con la memoria de mis pies descalzos. Desemboca el pasillo frente a la cocina cuando de pronto siento un ruido escandaloso que me asusta y me trae el recuerdo del sueño de golpe a los lóbulos frontales del cerebro como una explosión; miro el interruptor en la penumbra aliviada por la leve luz de poste que se cuela por el tragaluz y titubeo. La razón me impulsa, me volteo hacia el teléfono para verificar el último número llamado, pero no hay número registrado. Sigo jugando en la oscuridad con el teléfono fingiendo estar distraída sigo caminando hasta la estufa y cuando llegué allí con un movimiento rápido, inesperado, encendí la luz de la estufa librándome de la trampa del ente. Suspiré aliviada. Me había salvado. El libro de Pepe Liboy me esperaba sentado tranquilamente en el sofá de recibidor.¿ Para que es el recibidor sino para recibir? Recibí el libro, lo palpé, miré sus títulos y el reloj de la pared, la una y treinta y siete de la mañana. Me invitó a quedarme con él y lo escuché, convertí sus palabras en música mental y, canté ?. Me capturó un par de horas, Pepe, te tengo que dejar, seguimos mañana....pero no pude dormir, me acompañaron pesadillas hasta el amanecer. Pepe, si lo hubiera sabido, mejor me hubiera quedado contigo, cuando me acompañaste no tuve pesadillas.

Saturday, March 18, 2006

Serengueti

El día nublado, muchas lluvias a diario antes de ese día, las salinas húmedas y limosas se extienden planas y reflejan los mínimos intentos de sol. En algunas partes donde está más seca, se quiebra el barro como un rompecabezas sin colores. Es todo hermoso, uniforme. Me dirijo allá conociendo lo absurdo de mi juego, los niños juegan conmigo y nos lanzamos a cruzar ese corto Serengueti. A los pocos pasos se comienza a pegar el barro en la suela de mis sandalias. Me río, los niños ríen conmigo, les pasa igual. A medida que avanzamos nos enterramos más en el barro, como ha llovido, han quedado descubiertos en el barro pequeños tesoros lavados por la lluvia; un pequeño frasco de perfume, un caracol, una chapa de refresco, como puestas delicadamente sobre el baño, que, de acercarte se hundiría, cada vez se hace más pesado avanzar en aquel desierto, me descalzo y siento que al hundir mis pies el barro se mete entre los dedos; no es lo que esperaba, está frío, pero es reconfortante, los niños ríen. Mi sobrina dice: tití tu estás loca, mis hijos se rién y los tres se quitan sus chanclas y prosiguen descalzos disfrutando el barro entre sus dedos. Al fin llegamos al muelle. Su madera vieja cruje bajo nuestro peso. Parece un muelle diferente a diferentes horas del día, como si su antiguedad le permitiera disfrazarse según la luz, pues ya ha vivido muchas vidas. Nos sentamos con los pies hacia el agua y lavamos el barro mientras disfrutamos la vista de la bahía, ni una sola ola rompe el aceite de su espejo. Nos quedamos allí mirando en silencio, en comunión con Dios y con la naturaleza que nos ha dado y pienso que este momento es para siempre, que siento amor, vida, y paz, y que valió la pena cruzar. Los niños están extrañamente callados, ¿estarían pensando lo mismo que yo? Estamos susurrando. Pero tenemos que regresar, y nos reímos todos porque sabemos que emprendemos el regreso con nuestros pies lavados de mar por el desierto de la salina y nos inundará el barro entre los dedos.